todavía no me fui

en la cocina apacible de sonidos macerados

suena un acordeón húmedo y saltarín

que hace bailar la masa del pan y la arcilla

entre los dedos ocupados de las cocineras

los juncos silenciosos de la costa

tantean la laguna plateada y calma

y hunden sus esperanzas en la arena blanda

afuera, los yacarés se amparan en los camalotes

a la espera de los ojos apurados que los desvisten

en su paso por la autopista de los visitantes

tres jotes con ansias carroñeras

merodean las cáscaras enredadas del cielo

y aguardan el momento justo de picotear

los restos nostálgicos de lo que fue un carpincho

pudriéndose sobre las escamas del embalsado

gira su cuello el ciervo del pantano

inmóviles sus ojos que planchan pastizales

atentas sus orejas ante las voces urbanas

que tajean el silencio de agua y pájaros

 

levanto la mirada

observo la bóveda diáfana e infinita

que es todo posibilidad y promesa

y pienso—

en breve el horizonte me ahoga de nuevo

se cierra sobre mí como un corsé

pronto mi espalda vuelve a sentir

el peso angustioso de las labores y las cargas

de inmediato me lleno de lágrimas secretas

dagas pequeñitas que nadie ve

pero que yo siento

y me hunden las comisuras de los labios

en el pantano de una sonrisa mustia

pronto la ciudad volverá chuparme el aliento vital

que estas tierras y su gente me dieron

con la generosidad de su tiempo eterno

 

todavía no me fui, Iberá,

y ya comienzo a extrañar tus esteros

 

21-jul-17

 

 

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