La muerte correcta

 

“La muerte correcta está escrita

Voy a satisfacer la necesidad”.

Anne Sexton

 

 

Está escrita. Es así. Es esta. Ahogado por el sudor de sus pechos. Atragantado con su carne en mis agujeros. Aunque quisiera vivir para contarlo. O para volver a verla.

El sábado a la noche se hundía irremediablemente, como los últimos cien sábados de su vida. Decidió ponerle fin al naufragio de la única manera que se le ocurrió: yendo al boliche.

Se puso el sobretodo, se peinó con los dedos, se calzó las botas texanas y salió. El frío oscuro de la noche le pegó una bofetada que lo despertó. Prendió un cigarrillo, que fumó con ansiedad desde su departamento hasta el boliche. En la puerta, se agolpaba una pequeña multitud, deseosa de ingresar. Por un momento, dudó si quedarse. Le daba mucha pereza hacer cola y esperar. Le dio la última pitada al cigarrillo, lo arrojó al piso y mientras lo apagaba haciendo un pivot elegante con el pie, la vio.

Estaba por entrar. Era una mujer más bien alta, de frondoso pelo rubio teñido y ondulado a fuerza de ruleros. Llevaba una blusa roja escotada y una pollera negra de satén al cuerpo que dejaban ver la generosidad de su carne y sus curvas. Se convenció de que valía la pena la espera. Se acercó al grupo de gente y logró avanzar y pasar a fuerza de codazos.

Adentro, el humo no dejaba ver más que la estela de las luces. Los clientes eran maniquíes en penumbras haciendo poses para un público distraído. Nadie miraba a nadie. Pero todos posaban. En el aire, sonaba música estridente que no invitaba ni a bailar, ni a hablar, solo a beber.

Se acercó hasta la barra y pidió un vodka, a lo macho, sin nada. Y empezó a buscar por la manada, como el cazador que busca identificar a su presa en la sabana. Estaba en la otra punta del boliche, hablando con un alfeñique al cual ella le llevaba al menos una cabeza. El tipo le hablaba cerca, reía, le rozaba el codo, con actitud decididamente seductora. Julián se escabulló con dificultad entre la multitud zombificada por el ruido y el alcohol, con la mira puesta en ella y el vaso de vodka en alto, para que no se lo derramaran.

Ella sintió su intención, porque levantó la mirada y lo divisó al instante, siguiéndole el rastro hasta que se acercó. De ese momento en adelante, algo borró el entorno, algo hizo que Julián y ella fueran los únicos del lugar. Incluso, el alfeñique los miró a ambos, hizo un chiste estúpido y se retiró sin acotar nada más.

Conversaron lo justo, con pocas y precisas palabras. Cuando a ella le tocó decir su nombre, o contar algo sobre su vida, se le abalanzó con ese cuerpazo y le comió la boca de un beso con un ímpetu que Julián ya había olvidado que existía. Julián, que siempre era el que hacía, dejó que hagan. Se dejó y esta nueva sensación lo excitó, le dio vértigo y miedo a la vez. Pero un miedo estrellado, un miedo de noche fresca de verano, no un miedo de oscuridad y tinieblas.

Mientras bailaban sintió que la lengua de ella se apoderaba de su garganta, de sus cuerdas vocales, de su nuez y su tráquea. Pero Julián no se resisitió: sonriente y blando, se dejó. También dejó que le palpara las nalgas, que lo apretara como uno aprieta la almohada cuando se siente solo, dejó que le dijera chanchadas y que lo llevara de la solapa a la vereda.

Afuera, ella le pidió —casi le ordenó— que la llevara a su casa. Julián accedió, embobado y obediente. Camino al departamento, no se dijeron una palabra, ni se tocaron. Pero apenas cruzaron la puerta, ella sacudió su melena de fiera, le sacó el sobretodo, lo empujó con sus tetas hasta el sofá y se le arrojó encima, devorándoselo en cada beso, en cada manotazo, en cada lamida. Y Julián, se dejó. Cedió hasta límites insospechados. Permitió que lo llevaran hasta lugares que él no conocía, hasta perder toda cordura y todo registro de su cuerpo y de su mente.

Al día siguiente, la vecina del “A” le tocó la puerta, para pedirle que por favor bajara ya la música que sonaba desde la madrugada. Golpeó y golpeó, pero nadie nunca contestó.

 

 

 

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